• Videojuegos Retro
soloretro
Livingstone Supongo - Amstrad CPC de Opera Soft (1986)

Livingstone Supongo - Amstrad CPC de Opera Soft (1986)

  • 15 de febrero de 2019

Permitid que me presente, estimados lectores: mi nombre completo es Henry Morton Stanley, explorador inglés de gran prestigio internacional.

¿Qué quieres saber?


Ficha de Livingstone Supongo

Videojuego: Livingstone Supongo

Sistema: AMSTRAD 464, 472, 664 Y 6128

Opera Soft

Programadores: José Antonio Morales Ortega, Carlos A. Díaz de Castro

Año: 1986


Guía para acabar el juego

Nací en Gales en el año 1841, aunque escapé en un barco hacia los Estados Unidos de América para cumplir el gran deseo de mi vida: llegar a ser periodista. Me establecí en Nueva York, y fue allí donde comenzó la más increíble historia que ningún hombre jamás haya podido contar.

Como cronista del New York Herald, me trasladé hasta Asia en busca de un interesante artículo sobre los mosquitos caretos de las Antillas. Después de vanos meses de incesante investigación, buscando como un desesperado un dichoso mosquito de esa especie, llegó hasta mis manos una cariñosa carta del director del periódico, rogándome amablemente que emprendiera la investigación sobre el paradero de un explorador británico perdido en Africa.

La carta decía exactamente: Busca a Livingstone o quedas despedido.

Me impidió enviar un mensaje de respuesta a mi director, por lo cual me dirigí al aeropuerto a tomar el primer vuelo que saliera hacia Africa. Me advirtieron que este continente era muy extenso y tardaría mucho tiempo en explorarlo, aunque de todas formas decidí empezar por el Norte. El avión me dejó en un lugar donde, nada más llegar, un tipo quiso venderme un transistor a muy buen precio. Era una ciudad llamada algo así como Zeta, o Zuta, o algo parecido.

Más tarde pregunté a un nativo de la zona, si había oído alguna vez hablar de David Livingstone, a lo cual me respondió muy amablemente: «Tumha tumha, te te, kachu kachu, pito pito», lo cual me aclaró bastante las ideas sobre qué camino debía escoger ... el del suicidio.

Decidí adentrarme en la selva y comenzar la búsqueda de una vez por todas. Tomé aire y …

Me encontraba en medio de la selva virgen. Examiné cuidadosamente mi ligera mochila: apenas tenía víveres para sobrevivir en esta empresa, con una pequeña rama conseguí construirme un poderoso boomerang; para mi defensa personal me hice con unas docenas de flechas, cedidas amablemente por un lugareño, que tuvo un leve encontronazo con ... mi boomerang.

Un picador que pasaba por allí, me restó la puya para utilizarla como pértiga en situaciones comprometidas y, finalmente, construí un buen montón de cócteles Molotov, rellenos con el whisky que pude adquirir en el «Super» de un poblado que acababa de atravesar. Ahora estaba bien equipado para la búsqueda.

Según atravesaba la espesa maleza de la selva, iba anotando todo aquello que tenía oportunidad de ver. Al final de mi aventura, había dibujado el mapa que podéis observar en estas páginas.

Me fue muy útil en mi segundo viaje por aquellas tierras, pues la selva estaba llena de peligros, trampas y numerosos enemigos, dispuestos a acortar la ya de por si corta existencia de un explorador.

La vida en la selva es aburrida y difícil; será por eso que los monos suelen entretenerse jugando a todas horas al tiro al Henry. Se ponían muy pesados, pero siempre les hacia entrar en razón a golpe de boomerang. Fue precisamente cuando estaba luchando contra los primeros monos juguetones, cuando algo me cogió del cuello de la camisa y me elevó por los aires. Había topado con el más exasperante de los enemigos que iba a encontrar en mi camino: el BUITRE.

Este inoportuno pajarillo estuvo merodeando durante todo mi viaje, esperando el más mínimo descuido para llevarme a su nido, justamente al principio de la selva, lo cual suponía una gran pérdida de tiempo y, sobre todo. de paciencia. De esta manera estuve siempre alerta, cuidando que el buitre «no me metiera un gol».

La primera vez que el pajarraco me trasladó hasta su nido, comprendí que no había sido del todo inútil. En su interior, se encontraba el mayor diamante que había visto en mi vida, del cual me apropié en vista de la carencia de dueño.

Tras atravesar de nuevo toda la selva, encontré el río Ethachungo (no sin antes tener varios encuentros amistosos con mi amigo el buitre), desde el cual avisté unas cavernas donde no me atreví a entrar.

Seguí río abajo hasta encontrar dos caminos: uno alto y uno bajo. Mi maniobra en este lugar fue la siguiente: lanzar el boomerang con todas mis fuerzas (iy mi mala uva! que todo hay que decirlo) contra un mono que se interponía en mi camino, e ídem con un escorpión; procediendo a continuación a situarme al borde del madero en el que viajaba y saltar con la pértiga hasta el camino alto.

Llegué a un poblado nativo: Machukakuche.

Siempre me habían dicho que los moradores de esta zona del continente eran tranquilos y hospitalarios, pero la flecha que atravesaba mi sombrero me hacia dudar de ello. Después de «boomeranguear» a dos de ellos, me coloqué a la derecha de unas arenas movedizas, CASI DENTRO DE ELLAS, y empleando la pértiga con una fuerza de 8 «neftons» (unidad de «fuerza»), salté por encima de unas chozas. Justo al iniciar el «despegue», había preparado el «boome», por si a mitad del camino aéreo, tal y como ocurrió, me cruzaba con un malhumorado habitante.

Durante el salto, pude avistar otro diamante encima de una torre de madera, que instintivamente cogí al vuelo (ime empieza a preocupar esta cleptomanía!).

Dejándome caer desde la torre, utilicé de nuevo la pértiga para saltar la segunda manzana de chozas. Caí cerca de la Cabaña de la Cruz Roja, donde tenían una manera muy particular de interpretar los primeros auxilios, y desde allí volví a saltar, terminando esta vez encima de una torre. Mi primera reacción fue echar a correr y al estar justo al borde de la tercera torre, decidí que lo mejor para mi salud era saltar nuevamente.

Delante de mí sólo quedaban dos chozas. Acabando con los nativos allí reunidos, me elevé por encima de una olla donde se guisaba el último explorador capturado, lo cual me hizo correr aún más, hasta llegar a un lugar donde se divisaba un boquete en la montaña.

No podía continuar, un cocodrilo me cortaba el paso. Al frente, en una palmera, un mono me lanzaba cocos como un descosido y, para terminar de liarla, apareció mi amigo el buitre justo sobre mi cabeza.

Había que actuar, y rápido. Tomé la pértiga y salté con todas mis fuerzas, cayendo encima de la montaña, la cual descendí hasta adentrarme en la cueva.

No sabía a dónde podía conducir aquel camino, pero el simple recuerdo del pajarraco me ponía alas en los pies.

¡Había encontrado una mina de oro! Estaba compuesta por dos pisos, donde trabajaban afanosamente los mineros, buscando el dorado metal, quepodía verse y olerse por doquier. Desde abajo vi también otro diamante, como los que había tomado «prestados» por el camino. Los operarios lo custodiaban celosamente y fue muy difícil hacerme con él.

Avanzando por abajo y hacia la derecha, encontré unas cuevas que me llevaran a una gruta, donde descansaba otra espectacular gema. De camino hasta aquí, tuve que deshacerme de muchos enemigos: escorpiones, murciélagos, serpientes y cazadores furtivos.

La gruta estaba dividida en dos partes por un pequeño lago, el cual intuí debía saltar para alcanzar desde el otro lado el diamante. Previamente, lancé una bomba con todas mis fuerzas, a fin de eliminar una molesta serpiente que merodeaba aquel paraje. Saqué la pértiga, y con una fuerza de unos cinco y medio neftons salté a la otra ribera.

Desde allí, la utilicé nuevamente, esta vez con una fuerza de 8 neftons, EXACTAMENTE, alcanzando así el diamante.

Regresé por el mismo camino por donde había venido y subí al segundo piso, teniendo cuidado con los vagones que circulaban por la zona. En la segunda planta, a la derecha, descubrí la salida de las minas, que daba a las montañas. Pero el peligro todavía acechaba y era ahora cuando la fiesta se animaba.

Las montañas estaban plagadas de trogloditas poco amistosos, con acantilados que terminaban en el mismo océano, y sirenas terriblemente cariñosas e incordiantes. Logré atravesar las montañas cargando el boomerang antes de pasar a la siguiente cordillera, lanzándolo nada más entrar en ella para eliminar a los trogloditas y saltando rápidamente al tronco que flotaba en el agua. Este me trasladaría de orilla a orilla, topándome en el trayecto con otro brillante para mi colección: ¡Ya tenía seis!

En la última montaña, liquidé al troglodita restante de un flechazo, saltando por encima de los objetos que me arrojaba. Repentinamente, se levantó un poco el viento y se formó un tornado, especialmente peligrosos por esta zona y poco recomendables para la salud de los exploradores, aunque había logrado conservar una forma física excelente, gracias a los víveres y bebida que había atesorado en mi camino.

Con tornado incluido, conseguí alcanzar tierra firme. Llegué a un lugar que se me antojaba familiar, donde nuevamente la flecha que atravesó mi sombrero por segunda vez, me hizo dudar sobre la buena fe de los nativos.

Acabando con los dos que encontré, salté por encima de una planta carnívora y me hallé al pie de un valle en cuyo fin parecía apreciarse una edificación.

Tomé la pértiga y salté con todas mis tuerzas, llegando hasta un lugar increíble: la entrada del templo sagrado de la diosa Spectrad.

Estas son las denominaciones que dan al templo los que aún no han entrado en él y los que se encuentran dentro, respectivamente. Dos guardianes alérgicos a los boomerangs cubrían la puerta detrás de ésta se encontraba el gran atrio, donde vivía eternamente la diosa Spectrad.

Las puertas interiores del templo estaban selladas, por lo cual estuve a punto de volver sobre mis propios pasos, cuando escuché la potente voz de la diosa, que me prometía abrir las puertas del templo si yo regalaba un valioso presente a cada uno seis hijos: Amstrud, Commotrad, Specdore, Commotrum, Amsdore y Joko.

Quise explicarle a la diosa con una sonrisa en los labios que yo no tenía nada de valor, cuando repentinamente los diamantes comenzaron a flotar en el aire dirigiéndose hacia ella. Las puertas se abrieron, y se reiniciaron de nuevo los problemas.

Atravesar el templo no fue muy difícil a pesar de los dardos venenosos. Lanzas, flechas encendidas en el techo nativos, llamas, precipicios, guardianes y cazadores furtivos que encontré por el camino. Ya empezaba a acostumbrarme a ellos: eran casi como de la familia.

Al salir del templo, estuve esperando, boomerang en ristre, la aparición de mi ya amiguete el buitre. Sabía que aparecería. Eliminé a una serpiente y salté por encima de la planta carnívora, gracias a la pértiga con una fuerza de 4 neftons. De repente, vi un gran pozo enfrente de mi, y acordándome del dicho «mi gozo en un pozo», decidí lanzarme dentro, parándome, tomando carrerilla, y saltando hasta él desde una flor amarilla del camino.

Estaba en el interior de unas húmedas y lúgubres cuevas. Un murciélago con cara de hambriento se acercaba hacia mi, así que había que actuar rápido: me sitúe en medio del segundo ladrillo empezando desde el borde y, tomando una mínima carrerilla, salté hasta caer en una repisa. Enfrente había una puerta: entré y activé con el boomerang la palanca que había en el techo.

Salí de nuevo y destruyendo todo bicho viviente volví a operar igual que en el primer tramo de cueva (colocándome encima del segundo ladrillo y saltando).

Siguiendo esta misma táctica encontraba la palanca que franqueaba la barrera que me impedía seguir avanzando.

Me dejé caer por la repisa y, ya abajo, salté por encima de un pequeño estanque hasta llegar a otra puerta. Andando durante algún tiempo, encontré un obstáculo con el que no contaba: un agujero me cerraba el paso y pronto me di cuenta que no podría saltarlo corriendo, pues la distancia era muy grande.

Con nervios de acero tomé la pértiga, y realizando un salto con una fuerza entre 4 y 5 neftons conseguí pasar milagrosamente tan peligroso escollo.

Mirando por él, comprobé que abajo había un estanque con pirañas.

Presentí que me estaba acercando a Livingstone. Al poco rato llegué a una llanura con un cocodrilo, desde la cual salté con la pértiga, apareciendo enfrente de la entrada de una casa custodiada por dos centinelas.

Naturalmente, mi compadre, el buitre, también merodeaba por allí. Cuando me deshice de ellos, comprobé que en la puerta del edificio había una placa donde se podía.

La historia dice que cuando vi por primera vez a David Livingstone le dije, como un buen flemático británico: «Livingstone, supongo»; pero la realidad es que lo primero que le dije fue : «Passsa colega, que morro gassstas, de pronto haces humo y al que colocan de marrón es a mí,,, sin embargo, esto es un secreto entre Livingstone, yo, y ... vosotros.

¡Qué no se entere nadie! Hasta la vista. Firmado: Sir Henry Morton Stanley.

Sistemas

Vídeo relacionado